Hay ocasiones en que amar duele… Duele en el alma. Ese dolor se siente en el corazón y provoca dolor físicamente en el cuerpo. Duelen cada una de las partes internas de los órganos que nos hacen sensibles a las emociones. Duele tanto que al expresarlo con llanto, nuestras lagrimas se vuelven amargas. Especialmente cuando no somos auténticos para dar o recibir AMOR.
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La expectativa de poder hacer algo maravilloso en nuestras vidas, nos llena de tanta emoción que resulta difícil mantener nuestras funciones corporales con normalidad. La noche anterior Nora se había mantenido despierta hasta la madrugada. Luego el cansancio la venció, obligándola a quedarse dormida involuntariamente con la imagen del rostro de Eduardo en su mente. Al día siguiente Nora seguía durmiendo en su cama manteniendo una respiración apacible, mientras el sonido del viento se escuchaba golpeándose contra el techo de la casa, las gotas de lluvia caían paulatinamente sobre el suelo. Así, con el sonido de la lluvia poco a poco Nora fue despertándose esa mañana.
NADIE MUERE EN VISPERAS DE NAVIDAD!!!
La oscuridad, el silencio y la inconciencia habitaban el cerebro de Susana hasta que lentamente sus ojos se fueron abriendo. Pulsaciones estridentes golpeaban sus sentidos, mientras despertaba a la dolorosa e inesperada realidad de saber que Ana había fallecido. La noticia fue tan impactante que Susana se desmayó en el mismo instante que vio el cuerpo de Ana a través de la ventana de la habitación donde estaba en la clínica. Los latidos de su corazón se podían escuchar a un metro de distancia por la fuerza con que golpeaban su pecho. Las lágrimas de sus ojos brotaban incontenibles. Y Una pregunta flotaba sobre su nebulosa mente, ¿Cuántas veces puede el corazón de una madre sufrir la pérdida de un hijo antes de quebrarse definitivamente?…
Las palabras del doctor provocaron una reacción química de acidez que carcomía las entrañas de Susana al mismo tiempo que disipaba todo su calor corporal. Sus piernas comenzaron a temblar y sus labios se tornaron blancos y fríos como el hielo.
Ana sujetaba fuertemente el lápiz, mientras la hoja de su examen caía al suelo, le faltaban dos preguntas por responder, pero no podía evitar retorcerse de dolor. Su vientre se había endurecido sintiendo como si un calambre recorriera la parte baja de sus caderas, presionando su espalda, provocando un aumentando en la intensidad del dolor que estaba experimentado y que la fue envolviendo de forma terrible e inexplicable. Sintiendo que sus huesos se partían en su interior dejo escapar un grito resonante que paralizo la actividad total dentro del salón de clases.
Con paso lento y sin saber hacia dónde ir, Eduardo caminaba con la tristeza aprisionada dentro de su pecho. Sus pensamientos no coordinaban sus pasos ya que el sabía que no podía pedirle ayuda a ninguno de sus amigos. Sin embargo, su cerebro instintivamente comenzó a guiarlo hacia la casa de Susana. El camino era largo y las sombras de la noche comenzaron a aparecer por todos lados. Eduardo camino por cuatro horas hasta que sin darse cuenta estaba parado frente a la puerta de la casa de Susana. Quería tocar y pedir que le permitieran entrar, pero no se atrevió a hacerlo. Eduardo tenía miedo al rechazo por parte de Susana. También se sentía avergonzado por no tener nada que ofrecer. Sintiendo pena por si mismo, se dejó abatir por el sentimiento de impotencia que había arrastrado entre sus pies, desde que salió de la casa de sus padres como una pesada carga. Sintiendo que no tenía esperanza alguna de obtener la aprobación de sus padres para casarse con Ana, lentamente se fue deslizando sobre su espalda repesado en la puerta hasta quedarse dormido sobre el suelo abrazado a su mochila escolar.
Susana observaba el reloj constantemente. Ya habían pasado diez minutos después de la hora de salida de la escuela y Ana no salía. Pasaron diez minutos más y Susana comenzó a desesperarse. Algo no estaba bien, Ana podría retrasarse dos o tres minutos, pero veinte minutos de atraso era algo inusual. Susana busco donde parquear el carro y comenzó a caminar hacia la oficina de la escuela. Estaba nerviosa pensando que podría haber ocasionado el retraso de Ana. Justo cuando Susana se disponía a hablar con la secretaria, escucho la voz de Ana, “Susana, ya estoy aquí ¿Nos vamos a casa?”.
Ana creció siendo el centro del universo en la vida de Susana. La niñez de Ana estuvo llena de diversión y amor. Susana se entregó por completo al cuidado de su nieta, proveyéndole todo lo que Ana necesitaba o deseaba, de tal forma que Ana desarrollo un carácter fuerte y en algunas ocasiones intransigente. Pero con un espíritu dulcemente alegre y un corazón benevolente.
Con el rostro pálido, las piernas temblando y sujetando firmemente la silla de bebe, se encontraba Susana frente a las puertas del hospital cuando su amiga Irene llego a buscarla para llevarla de regreso a su apartamento. La trágica noticia del desplome del trencito estaba resonando en todos los medios de comunicación, mientras en el corazón de Susana retumbaba como una explosión de angustia y miedo por lo que le hubiera podido ocurrir a su familia.