Ebenezer caminaba sin prisa. No sabia que hora era, aunque podía discernir que ya pasaba del medio día. No pensaba en cuanto tiempo había utilizado del día de Navidad porque no quería sentirse limitado o restringido por el tiempo, deseaba disfrutar al máximo ese día 25 de diciembre. Ya había sido esclavo del tiempo y el trabajo por muchos años. Ebenezer sabiamente se repetía a si mismo que los años venideros serian diferentes porque los viviría con gozo en su corazón y aunque no sabía cuántos años más le quedaban de vida, si sabia que los años por venir, los viviría plenamente, sin egoísmo, sin resentimiento, sin amargura en el alma y sin preocuparse demasiado por el futuro ya que los espíritus le habían enseñado que el futuro no nos pertenece y es incierto.
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Ebenezer elaboro una lista mentalmente de las visitas que realizaría y mientras caminaba por la calle se encontró con tres señores que unos días antes le habían pedido una donación para los asilos del pueblo que protegían a los desamparados, ancianos y huérfanos durante todo el año. Los tres hombres al encontrarse de frente con Ebenezer lo ignoraron y siguieron caminando. Entonces Ebenezer se Volteó y levantando su mano derecha les grito, “Señores, podría conversar con ustedes un momento”. Los tres hombres se detuvieron y mirándose a los ojos entre ellos mismos afirmaron moviendo la cabeza, que si podían conversar un momento.
Hoy miré hacia el cielo… Y sentí que el viento que jugueteaba con mi pelo ¡Era tan frio como el hielo!