LA ALONDRA DE ORIENTE. (Parte XII)

Después de escuchar lo que Alondra dijo, Manuel se puso de pie, agarro su sombrero y se fue de la casa.  Hilda se aproximó hacia Alondra y la abrazo preguntándole, “¿Que dice Saul acerca de tu embarazo?”

Con la voz temblando por el nerviosismo que sentía, Alondra respondió pausadamente, “Esta feliz, quiere que nos casemos, quiere rentar una casa, quiere que nos vallamos a vivir cerca de sus padres. Yo no estoy de acuerdo con la casa que quiere rentar, porque está muy cerca de la casa del Sombrerón y ese lugar no me gusta.”

“¿Tú te quieres casar con Saul?”, pregunto Hilda.

“Si, yo lo amo y quiero casarme con él.” Respondió Alondra, dejando correr las lágrimas por sus mejillas.

Hilda se quitó el delantal que llevaba puesto y comenzó a limpiar las lágrimas de Alondra diciéndole, “Saul no te puede obligar a vivir en el mismo barrio donde está la casa del Sombrerón, pero la boda tendrá que ser pronto, porque el pueblo entero comenzará a hablar mal de ti cuando se comience a notar tu embarazo.  Y no te preocupes por Manuel yo hablare con él.  Y estoy segura de que al final estará feliz de que te cases con Saul.”

Esa noche Manuel, regreso de madrugada y totalmente ebrio a la casa.  Al día siguiente Manuel le confeso a Hilda que se sentía culpable del embarazo de Alondra, porque no había sabido cuidar bien de ella y que en muchas ocasiones la había dejado a solas con Manuel cuidando el puesto de ventas.  Pero Hilda le dijo que hay situaciones que no se pueden evitar y que nadie era culpable de lo que estaba ocurriendo.  Saul llego ese día a conversar con Manuel y a pedir la mano de Alondra, la boda se realizó tres días después en la municipalidad de Jutiapa.  Solamente estuvieron presentes los padres de Saul y la familia de Alondra.

Después del matrimonio civil, todos fueron a comer a la casa de Manuel.  Hilda preparo tres gallinas en estofado y un pastel de fresas con crema, que era el preferido de Alondra.  Ya eran las once de la noche cuando la celebración termino.  Los padres de Saul fueron los primeros en despedirse.  Alondra abrazo fuertemente a cada uno de los miembros de su familia, después fue a su habitación y recogió dos maletas que ya tenía preparadas para llevarse consigo.   Manuel ofreció llevarles las maletas en su camión al día siguiente, pero Saul insistió que ellos podían llevarse las maletas ese mismo día.

Cuando Alondra salió de la casa y cruzo la puerta principal hacia la calle, Hilda sintió que algo oprimió su corazón, como si alguien se lo estuviera apretando fuertemente y comenzó a llorar mientras Alondra se perdía en la distancia caminando apresuradamente del brazo de Saul.

Ya era casi la media noche, las calles de Jutiapa estaban desoladas, alumbradas tenuemente por los postes de luz que estaban muy distantes entre ellos.  El sonido que producían los zapatos de tacón de Alondra resonaba como cascos de caballos que dejaban eco en el silencio de la noche.  Saul le había prometido a Alondra que se quedarían a vivir en la casa de sus padres solo por algunas semanas y que luego buscarían una casa a donde mudarse. 

Para llegar a la casa de los padres de Saul, obligadamente tenían que pasar enfrente de la vieja casona, conocida como la casa del Sombrerón.  Conforme se acercaban, el corazón de Alondra latía más fuerte, la maleta que ella llevaba parecía más pesada, sus pasos se volvían más lentos y el recuerdo de las llamas encendidas mientras ella colgaba de cabeza sujetada por los pies comenzó a llenar sus pensamientos.  Alondra se tambaleo cuando justo al pasar por enfrente de la puerta de la vieja casona escucho una voz con entonación carrasposa que le hablo, “Felicidades Alondra, te has convertido en una mujer muy hermosa y algún día serás para mí.”

Alondra, se sujetó fuertemente del brazo de Saul, quien la miro sonriente y le pregunto, “¿Estas cansada?, Quítate los zapatos y dame la maleta, yo me la puedo llevar.  Yo puedo con las dos maletas además ya estamos cerca de la casa de mis padres.”

Alondra palideció.  Pero no dijo nada.  Únicamente pensó,” ¿Cómo es posible que Saul no haya escuchado lo que yo escuche?”

Al llegar a la casa, Saul le explico que su cuarto estaba construido al final del patio trasero.  Que allí tendrían más privacidad durante el tiempo que se quedaran a vivir con sus padres.  Pero que no había luz eléctrica en el patio y tampoco en ese cuarto.  Saul dejo las maletas en la sala y agarro dos velas y un encendedor que estaban en la mesa.  Mientras Alondra caminaba por el patio entre penumbras un escalofrío recorrió todo su cuerpo porque le parecía escuchar que las flores del jardín lloraban mientras repetían su nombre.

Cuando entraron a la habitación Alondra tropezó con un banco de madera, cayendo inmediatamente al suelo.  Saul camino hacia ella quitándose la ropa.  Alondra le dijo que estaba cansada y que le dolía el tobillo debido al golpe que se dio con el banco.  Saul tenía la mirada perdida, sus ojos estaban enrojecidos y encendidos por el deseo.  Alondra sintió miedo y le suplico que no la tocara.  Saul ignorando la petición de Alondra la levanto del suelo sujetándola fuertemente de un brazo y le desgarro el vestido.  Luego la comenzó a besar con sadismo, mientras Alondra lloraba y le suplicaba con vehemencia, “¡Así no!  Por favor, así no quiero.  Así, Noooo…”

Las suplicas de Alondra se convirtieron en gritos de dolor, mientras Saul se saciaba como animal salvaje con su presa.

CONTINUARA…

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