
Hay dolores que nos hacen gritar, golpear, gemir o retorcer. Y que se expresan abiertamente sin condiciones, ni restricciones. Sin importar opiniones, criticas o consejos. Ya que solamente queremos erradicarlos de nuestros cuerpos. Pero también hay dolores que se sufren en silencio, porque se rompió el lazo de amor, que físicamente nos mantenía unidos en un mundo personal casi perfecto.

Dos meses han pasado desde que compartí lo que fue mi más reciente publicación. Mi computadora, el teclado y el escritorio están cubiertos de polvo. Parece mentira, pero cada vez que toco el teclado, el polvo se adhiere a mis dedos. Dejando huellas semi-empañadas por la densidad de los sentimientos adormecidos entre recuerdos y lágrimas, que despiertan suavemente de sueños casi olvidados en el tiempo.
Yo no enseño religión, tampoco profeso perfección ni santidad. Pero si me gusta compartir aspectos conceptuales y educativos que nos ayuden a obtener progreso espiritual, económico, profesional, académico o que nos ayuden a obtener satisfacción personal y felicidad en cualquier circunstancia que estemos viviendo.

Me han preguntado ¿Por qué no estoy publicando con la misma frecuencia? ¿Por qué estoy tan ausente de las diversas actividades en las que me gusta participar?
Una mescla agradable de olores a canela, manzana, hojas de plátano y condimentos que provenía de la cocina; interactuaba en forma armoniosa con el inconfundible olor a pino fresco, recién esparcido por todo el suelo de la casa, formando el mágico aroma de la NAVIDAD.



Durante el mes de septiembre no he realizado publicaciones semanales con la frecuencia que acostumbro a hacerlo, debido a que he estado visitando a diferentes personas que me lo han solicitado por la necesidad que tienen de ser escuchadas y expresar sus sentimientos sin temor a ser juzgadas o criticadas.