LA ALONDRA DE ORIENTE. (Parte III)

Tal vez parece contradictorio hablar del tiempo que puede transcurrir lentamente para las personas que sufren alguna dolencia. O tan rápido como una estrella fugaz, para los que inmersos en su propio mundo disfrutan de una vida feliz, sin perciben el dolor ajeno que en muchas ocasiones se puede mitigar con una SONRISA.

Los días de llanto para Alondra estaban por llegar a su fin, después de casi cuatro semanas de recibir cada tarde curaciones en sus pies.  La melodiosa voz de la niña mezclada con sus gritos de dolor había llegado a lo profundo del corazón de Hilda cada vez que Alondra cantaba.

                “Tienes una voz maravillosa y con lo bello de tu rostro, tú puedes llegar a ser una cantante famosa” Dijo Hilda mientras le acariciaba las mejillas.

                “Yo participo en el coro de la escuela, porque me gusta cantar.” Respondió Alondra, abriendo sus ojos de forma soñadora, que en ese instante comenzaron a brillar otra vez. Una leve sonrisa se dibujó en su boca, mientras sus mejillas se sonrojaban mostrando la fuerza de su juventud.

               “¡Pequeña Alondra! Haz vuelto a sonreír”, Exclamo Hilda con júbilo. “Tu padre se pondrá muy feliz, cuando vea que la palidez de tu rostro está desapareciendo.  ¿Qué te parece si te peino y te hago unas hermosas trenzas con listones de colores?

                Alondra extendiendo sus brazos, sujeto con fuerza a Hilda.  Luego se acercó hacia su pecho y la abrazo con ternura.  Hilda correspondió a ese abrazo mientras que el corazón de la pequeña latía rápidamente.  Alondra cerrando sus ojos se dejó envolver por el calor maternal que emanaba del cuerpo de Hilda.  Porque se había acostumbrado a la bondad de esa mujer, que sin conocerla le estaba brindaba protección.  Entonces en un gesto de gratitud, Alondra abrió sus ojos y le dio un beso en la frente.  Porque sentía que ya la estaba amando.

                En ese momento entro Maria a la habitación.  Hilda la levanto y la subió a la cama, “Alondra, yo te peino a ti.  Mientras tú, peinas a tu hermanita.”  Dijo Hilda, justo en el momento que Manuel llegaba con Manuelito en sus brazos.  Observando a la familia compartir juntos, disfrutando de lo que estaban haciendo, parecía que la experiencia traumática vivida comenzaba a quedar en el pasado.

 

La tierra no es un planeta más incrustado en nuestro sistema solar, ES NUESTRA CASA, que gira sobre su propio eje día con día sin detenerse.  El tiempo transcurre y cada ser viviente continua su proceso de vida.  Tratando de cumplir con los parámetros establecidos de su creación aun a pesar de los instintos humanos que en ocasiones se vuelven incontrolables. 

El dolor no purifica el alma, porque todos los seres humanos nacemos con el alma pura.  Las experiencias que vivimos tienen diferente grado de dolor para cada persona de forma individual.  Y es ese grado de dolor el que puede destruir la esencia misma de un ser humano que ha sido sometido a experiencias traumáticas, que cuando se están sufriendo parecen imposibles de superar debido a las decisiones que elegimos seguir. 

Pero todos por igual tenemos la capacidad de asimilar, reaccionar y superar el dolor aun en ocasiones cuando es difícil distinguir la diferencia entre el bien y el mal.  Toda persona en un momento especifico de la vida, después de haber experimentado un grado de dolor debe aprender a elegir, “Si quiere dejarse llevar por instintos irracionales que le pueden convertir en un animal salvaje” o “Si quiere aprender a valorar más su vida, dejar el pasado atrás, perdonar y aprender a ser feliz.”  

Cuando Alondra regreso a la escuela nadie quería estar cerca de ella.  Todos los niños se apartaron de su camino cuando la vieron llegar.  Al entrar al salón de clases, todos los niños que estaban allí se pusieron de pie y corrieron hacia una esquina, allí se amontonaron esperando a que la maestra llegara.

Cuando la maestra llego les pregunto, “¿Qué les pasa a todos ustedes? ¿Por qué están amontonados en esa esquina del salón?”  Ninguno le contesto, todos miraban fijamente hacia donde estaba Alondra.  La maestra giro su cabeza y al observar que Alondra estaba allí, se paró al frente del grupo de niños, extendió sus brazos hacia los lados como tratando de proteger a sus alumnos, “Alondra, agarra un escritorio y lo colocas al final del salón.  Allí estará tu lugar a partir de hoy.”

 

Alondra sin comprender la actitud de todos, sintió el rechazo de cada uno de ellos, que la miraban con desprecio.  Sintiendo que todo su cuerpo se estremecía con una corriente fría, quiso salir corriendo de regreso a su casa, pero tomo la decisión de obedecer a la maestra.

Sentada en su escritorio al final del salón, Alondra permaneció quieta sin participar en ninguna actividad de la clase, sintiéndose ignorada aun por su maestra. Cuando llego la hora del recreo y camino hacia el patio de la escuela, Alondra sentía que estaba caminando en un mundo diferente al cual ella no pertenecía. Adormecida por sus propios pensamientos y la tristeza que llenaba su corazón, alondra no se percató que un niño venia corriendo en dirección hacia ella.  Hasta que bruscamente fue empujada hacia el suelo.  Entonces el golpe que recibió al chocar con el suelo, libero sus sentimientos y comenzó a llorar. El niño que la empujo se paró frente a ella carcajeándose de la situación.

Las emociones de tristeza y frustración que sentía Alondra se convirtieron en enojo.  Poniéndose de pie corrió hacia el salón de clases.  Busco en su mochila la aguja y el hilo que Hilda le había comprado para enseñarle a bordar mantas.  Alondra coloco el hilo en la aguja y luego los aguardo en la bolsa de su falda.

 

 

Cuando las clases terminaron, Alondra salió apresuradamente de la escuela.  Empujando a todos los niños que encontraba en su camino.  No se detuvo hasta encontrar al niño que la había empujado y lo comenzó a seguir muy de cerca.  Cuando ya estaban lejos de la escuela, Alondra comenzó a correr hasta alcanzar al niño.  Entonces empuñando sus dos manos lo golpeo en la espalda para derribarlo.  Seguidamente con la mirada fría, irradiando enojo, puso su pie izquierdo sobre una de las piernas del niño haciéndole presión con su zapato.  Saco la aguja de la bolsa de su falda, extendió el hilo que la sostenía y haciendo movimientos circulatorios con su mano derecha comenzó a girar la aguja rápidamente.  Mientras con tono autoritario grito, “¿Le tienes miedo al Sombrerón?”

 

El rostro del niño palideció, sus ojos se abrieron totalmente al observar como el brazo de Alondra se agitaba con fuerza en el aire, acercando la aguja hacia su rostro.  En un movimiento instintivo el niño cerro los ojos y se cubrió la cara con sus manos, mientras su corazón se agitaba al escuchar la voz de alondra que le grito otra vez, “¡Hoy aprenderás a sentir miedo hacia mí, también!”

CONTINUARA…

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