LA ALONDRA DE ORIENTE. (Parte II)

Es muy común escuchar a las personas decir frases que no comprenden a cabalidad.  Frases que son creadas con palabras fáciles de memorizar.  Y que, por la sencillez con que son escritas, no comprenden totalmente el complejo significado que poseen o el daño psicológico que ocasionan al ser esparcidas inconscientemente cuando se repiten de forma irresponsable.

La noche transcurrió lentamente, creando un tormento de desesperación que parecía interminable.  Alondra se estremecía de dolor, mientras la temperatura de su cuerpecito subía, alterando su capacidad de conciliar el sueño.  Hilda y Manuel permanecieron a su lado tratando de mitigar su sufrimiento.  Le dieron medicina para bajar la fiebre, pastillas para calmar el dolor y pusieron lienzos de agua fría sobre su frente.  Hilda era guadalupana y creía firmemente en la Virgen Maria, por lo que mientras cuidaba de Alondra desbordaba su corazón en ruegos, suplicando que el dolor se desvaneciera como lagrimas que se evaporan cuando se mezclan con el viento.

Los ruegos de Hilda y la medicina hicieron efecto en Alondra cuando la pequeña se quedó dormida muy temprano en la mañana del día siguiente.  El cansancio estaba reflejado en el rostro de Manuel cuando se fue a trabajar.  Hilda y Manuel tenían dos hijos; una niña llamada Maria de tres años y el pequeño Manuelito de cinco meses de nacido. Alondra estaba formando parte de esa pequeña familia a la edad de once años.  

Pensando que podría descansar un poco después de atender los quehaceres del hogar y a sus otros dos hijos, Hilda no imaginaba lo que tendría que enfrentar al abrir la puerta principal de su casa, como lo hacía cada día mientras limpiaba la sala.  Porque varias personas comenzaron a caminar por enfrente de la puerta abierta, mirando inquisitivamente hacia adentro llenas de curiosidad, tratando de descubrir lo que había pasado con la pequeña Alondra.

“EL DOLOR PURIFICA EL ALMA” Repetía la gente en las calles, especialmente aquellas personas que habían sido testigos pasivos de lo acontecido la noche anterior.

Hilda trato de ignorar a la gente.  Pero no pudo ocultar el enojo que sentía al escuchar los comentarios de las personas, preguntándose a sí misma, “¿Cuánta purificación necesita un alma inocente, que está libre de pecado?”  Mientras miraba hacia el cielo tratando de encontrar una respuesta. Luego Hilda lanzo una mirada desafiante a toda la gente que estaba caminando frente a su casa.  Después cerro las puertas, justo en el momento que alguien gritaba, “¡Allí vive la preferida del Sombrerón!”

 

De espaldas recostada sobre la puerta de madera, Hilda escucho esas palabras que atravesaron su cuerpo como si hubieran sido dardos ponzoñosos que se clavaron directamente en su corazón.  Sin poder contener la lluvia de lágrimas que cayeron de sus ojos, tomo la firme decisión de no permitir que esas palabras destruyeran la vida de Alondra.  La gente podría hablar lo que quisieran decir.  Pero Hilda no permitiría que Alondra quedara marcada con cicatrices sobre la piel y tampoco permitiría que quedara marcada con cicatrices en el corazón, ocasionadas por el morbo lascivo de un pueblo que la estaba señalando como, “La Preferida Del Sombrerón.”

El resto del día transcurrió pacíficamente, ya que Hilda se refugió en la seguridad del jardín que tenía en el patio trasero de su casa.  Alondra a pesar de no sentir hambre, alentada por Hilda que le dio de comer en la boca, se había terminado un plato de sopa de pollo.   Manuel regreso como a las seis de la tarde cargando varios medicamentos en su morral, “Fui al centro de salud, pero los muy desgraciados me dijeron que no podían recibir a Alondra, porque no tenían espacio y que tendríamos que continuar curándola nosotros mismos, pero yo sé que no quisieron que la llevara porque tienen miedo.” Dijo Manuel después de saludar a su esposa.

Hilda suspiro con tranquilidad y con voz suave dijo, “No te preocupes, yo hable con Sarita, la hija de la vecina que es enfermera y me explico cómo hacer las curaciones en los pies de Alondra.”

Algo intrigado Manuel y con una expresión seria en su rostro pregunto, “¿Ella estuvo aquí? ¿Ella vio o converso con Alondra?”

“No”, dijo Hilda, “Ella no vino, yo estaba en el patio y la escuche conversando con la vecina, así que le pregunte a través del muro que divide las casas.”

Por la actitud de Manuel, Hilda pudo discernir que él ya sabía lo que la gente del pueblo estaba diciendo sobre Alondra. Hilda se arregló el pelo con sus dedos y se puso una cola.  Después agarro los medicamentos que estaban en el morral y se dirigió a la habitación donde estaba Alondra.

Cuando Hilda entro a la habitación, el rostro de la pequeña tenía una expresión de tristeza profundamente acentuada en su divagante mirada, que fácilmente podría hacer sentir compasión aun a las personas con corazón de piedra.

Hilda supo en ese instante, que tenía que demostrar coraje y fortaleza para poder limpiar las quemaduras de los pies de Alondra, sin dejarse derrumbar por la expresión de melancolía mezclada con la necesidad de protección que su tierna mirada emanaba en ese momento.

“Alondra, voy a curar tus pies otra vez.  Vas a meterlos en este balde con agua tibia para que los vendajes se suavicen y no cueste quitarlos.  Probablemente te vuelva a doler, pero es necesario hacerlo de esta manera.  Después limpiare las llagas, aplicare ungüento para quemaduras y te pondré vendas nuevas para evitar infecciones.” Dijo Hilda tratando de demostrar una tranquilidad que no sentía.

Luego pregunto, “¿Qué es lo que más te gusta hacer Alondra? Te pregunto porque quiero que pienses en lo que más te gusta hacer mientras curo tus pies.”

“Me gusta cantar.” Respondió la pequeña.

“¡Bien!”, grito Hilda. “Comienza a cantar, mientras yo quito tus vendajes.”

Alondra cerro sus ojitos, cruzo sus brazos, suspiro profundamente y luego comenzó a entonar su canción favorita.

       

 “Cucurucucu Paloma…         Cucurucuuuuuuuu….       Lloraba….    Las Piedras Jamás, que              van a sabeeeer de Amores….    A, ya, Ahyyy…    Paloma….   Ahyyy…  Ya no le llores……”

La melodiosa voz de Alondra momentáneamente se entrecortaba con gritos de dolor que producían eco en toda la casa, generando sombras de un futuro incierto al chocar bruscamente contra las paredes que las rodeaban…

CONTINUARA…

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