Alguien me ha pedido que escriba un poco de mí. De cómo me inspiro para escribir mis libros. De cómo me preparo para conversar en público, dar charlas motivacionales, clases de escuela dominical o lecciones de un tema específico. Me ha tomado un poco de tiempo decidirme a hacerlo y he decidido comenzar hablando del primer libro que escribí. Espero no haberme excedido porque esta publicación está un poco larga, pero de igual forma me gustaría que la leyeran completa y disfruten de la lectura.
Cuando era niño vivía en un lugar llamado Pueblo Nuevo Suchitepéquez, (un pueblo pequeño) habitado en su mayoría por indígenas (casi todos descendientes mayas). Yo era un niño muy extrovertido (totalmente diferente a como soy actualmente). A pesar de mi corta edad ya sabía cómo elaborar pan; porque me gustaba pasar largas horas en la panadería que estaba detrás de la casa donde vivía. ¡Me gustaba mucho! Ayudar a hacer pan y especialmente cuidarlo cuando se estaba horneando, ya que su olor era fascinante para mí; a tal grado que podía pasar largas horas allí sin sentir cansancio. También disfrutaba mucho los largos paseos que daba por las calles del pueblo, cada vez que mi hermana (quien era mi tutora, porque vivía con ella y su esposo) salía para asistir a la escuela que estaba ubicada en otro pueblo cercano a donde vivíamos.


Columbus Day. 

Cada año en el mes de octubre nosotros los hispanos, nos aventuramos a recordar y celebrar nuestras raíces o lugares de origen. Representando con orgullo a nuestros países sin importar si tenemos una, dos, tres, cuatro o hasta cinco nacionalidades mescladas en la sangre. Vistiéndonos de colores representativos de los símbolos patrios de nuestros países; llenando de diversión todo nuestro entorno, y así mostrar la belleza que enmarca a nuestra tierra natal.
Pero cuando nuestros sentidos se coordinan otra vez con nuestra mente y corazón; entonces vemos la realidad que nos atormenta y nuestra primera reacción es sentir miedo al vacío que atrapa nuestro cuerpo, a la soledad que nos rodea, al desamparo que súbitamente nos abraza y como niños temerosos del futuro, simplemente ¡LLORAMOS! Frágiles y cansados nos parece que solo tenemos dos opciones: dejarnos matar por el dolor o demostrar nuestro carácter y sobreponernos a la tragedia; luchando para seguir viviendo. Porque lo que hace la diferencia en nuestra vida no es todo lo que hemos sufrido, lo que hace la diferencia en nuestra vida es el uso que le damos a todo lo que hemos aprendido unido a nuestra capacidad de ayudarnos mutuamente y de tener la dicha de ser libres soberanos e independientes para volar alto como el quetzal por encima de las tragedias sin dejar de ser humanos.