
Es semana santa y como es tradición en muchos lugares de Latinoamérica, se recuerda la vida, crucifixión y resurrección de Jesucristo. Y junto a todos los detalles religiosos también llegan todas las tradiciones culinarias propias de la época.
Si decidiéramos analizar cada misterio, enseñanza, profecía o milagro descrito en los evangelios de los apóstoles, necesitaríamos meses de profunda meditación para discernir cada uno de ellos.
Durante la Semana Santa se acostumbra a reflexionar sobre el bien y el mal. A separar a los buenos de los malos. A pagar penitencias. A establecer promesas. A santificar convenios. Todo con el propósito de aprender a vivir con honestidad, con la firme promesa de ser leales al cristianismo, para no traicionar nuestra fe o convertirnos en traidores que destruyen todo el legado que Jesucristo dejo para nuestro propio bien.
Judas Iscariote fue el malo en esta historia. El traiciono a Jesucristo. Lo vendió por 30 monedas de plata y lo entrego con un beso. Para luego ahorcarse con una soga que preparo con su propia mano.
Si estuviera escribiendo una novela dramática, la escena del beso seria impactante y fundamental para el éxito de la novela. Pero no estoy escribiendo una novela dramática llena de ficción. Estoy tratando de resaltar uno de los hechos mas impactantes en la vida de Jesucristo que desencadeno todo el viacrucis que lo condujo a ser Crucificado y por ende a morir en la cruz.
Por haber traicionado a Jesucristo Judas también vivió su propio viacrucis, que también lo condujo a la muerte. Con la gran diferencia de que Jesucristo fue asesinado y Judas Iscariote se mato con su propia mano.
Hay ocasiones en la vida en que nosotros mismos nos volvemos malos, traidores y destructores de nuestros propios sueños, felicidad, progreso o éxito. Y nos entregamos a la apatía, la pereza, el desdén o simplemente al fracaso con un tierno beso frente al espejo de la vida.
Ya que con nuestras propias acciones nos saboteamos la oportunidad de vivir y disfrutar a plenitud de todo lo que nos rodea y al igual que Judas Iscariote nos amarramos una soga al cuello con la que arrastramos culpa de errores pasados, estrés por resultados adversos, problemas no resueltos, depresión compulsiva, falta de amor propio y con una actitud totalmente negativa hacia nosotros mismos terminamos destruyendo todo lo que hemos logrado hasta figurativamente terminar ahorcándonos con nuestra PROPIA MANO.

Leave a comment